miércoles, 12 de marzo de 2014

Políticos mediocres

Un escritor persa dijo que las cualidades que se necesitan para ser político no tienen nada que ver con las que se precisan para llegar al poder, lo cual me sugiere que quienes tienen menos escrúpulos, menos barreras morales y emocionales son quienes llegan a gobernar.
      Este lado oscuro del talento político debería disimularse con un alto nivel de formación, carisma, capacidad oratoria y otras competencias que elevan la imagen del político y lo hacen digno de la confianza de sus votantes. Así ocurre en la mayoría de países del mundo, pero no en España.
      En España los ineptos, los incultos y los corruptos llegan a la cima. ¿Cómo es eso?
      Es fácil reconocer que la sociedad del país tiende a premiar el ignorante, el gandul y el ladrón. Lo vemos cada día en televisión: un rebaño de personajes impresentables cobran sueldos millonarios, y se trata la incompetencia política como si fuera un chiste ocurrente.
      ¿Por qué?
      Las raíces identitarias culturales españolas llevan incorporada la indignidad personal y la bajeza voluntaria. Conseguir lo contrario implicaría un gran esfuerzo individual de construcción personal. Es mucho más cómodo aceptarse con los defectos e identificarse con gente similar (a quien es obligado premiar para no desprestigiarse uno mismo).
      Esta tara tiene graves consecuencias. Por un lado apoya la estupidez y la ignorancia, por otro castiga al legal, al honesto y al culto. La culpa la tiene el deporte nacional: la envidia, una envidia que sólo puede ser producto de un ínfimo nivel de dignidad personal y de conciencia de uno mismo.
      Esta psicología retorcida es la que hace que España sea tan distinta a otros países serios, porque no lo olvidemos: lo que hace grande a un país son las personas.
(Inspirado en la “Gazzetta del Apocalipsis”)


miércoles, 19 de febrero de 2014

Voluntarios del futuro

Hace décadas que la creciente automatización deja en la calle cada día a más trabajadores. La previsión es que eso empeore con lo que denominamos la tercera revolución industrial. Si le añadimos las consecuencias de la globalización de los mercados, la construcción de comunidades fuertes y autosuficientes será vital para la supervivencia de muchas familias afectadas por la drástica reducción de plazas de trabajo. En los próximos años hará falta encarar algunas prioridades como proporcionar alimento a los pobres, garantizar unos servicios sanitarios básicos, educar a los jóvenes, prever viviendas asequibles y preservar el medio ambiente. ¿Cómo vamos a conseguirlo? Muchos creen que con el tercer sector. Tendremos que establecer iniciativas para que aquellos que aún trabajen, pero en horario reducido, dediquen parte de su tiempo libre en actividades de voluntariado. Habrá que promover una legislación adecuada para proporcionar a los parados permanentes un trabajo útil en los servicios comunitarios. El gobierno podría deducir impuestos a los trabajadores en activo que hagan tareas comunitarias y, aunque con ello obtenga menos ingresos fiscales directos, reduciría su gasto en programas de ayuda. También tendría que establecer “salarios sociales” como alternativa a los pagos y beneficios de la asistencia pública para los parados permanentes dispuestos a ser reeducados y empleados como voluntarios. Además el gobierno debería conceder beneficios a las ONG para ayudarlas a reclutar y formar a los pobres que trabajen para ellas. Este “salario social” beneficiaría a los sectores público y privado con el crecimiento de poder adquisitivo y de los ingresos sujetos a impuestos, reduciendo a la vez la tasa de criminalidad y el coste de mantenimiento del orden social y legal. En el futuro será imprescindible crear un capital social en los barrios y comunidades para ayudar al número creciente de pobres que se prevé que habrá en el mundo. La carta más importante en el juego de la nueva política parece ser el sector público, que tendrá un papel menor en los asuntos comerciales y mayor en el tercer sector. Estos dos sectores juntos podrán ejercer una considerable presión política sobre las empresas para reconducir parte de los beneficios del nuevo comercio hasta las comunidades. (de The End of Job, de Jeremy Rifkin)

miércoles, 5 de febrero de 2014

Finanzas de hoy

A día de hoy nadie duda que las finanzas dominan la economía, de manera que la Bolsa se ha convertido en el eje del mundo y los bancos de inversión en gobernantes de los políticos. Suponiendo que la política quisiera (pudiera) poner freno a este sinsentido, su lentitud en la ejecución no sería operativa ante unos mercados que van a todo gas. Los actuales especuladores se dedican a derribar países, no empresas. ¿Y cómo se lo montan? Según el brocker y day-trader Josef Ajram, a finales del 2008 se les prohibió vender acciones que no tenían. Hasta entonces había sido una práctica habitual, siempre y cuando se cerraran las operaciones el mismo día. Es importante explicar que la compra y venta necesita de un intermediario financiero que cobra comisiones que ayudan a sostener una agencia de valores, entre otras. A raíz de esta prohibición se popularizó, entre muchos otros, un producto financiero (CDF) ya existente que permite comprar y vender, vender y comprar y, sobre todo, mantener las posiciones vendidas durante más de un día. Esta posibilidad facilita que los manipuladores del mercado puedan ganar cuando baja la Bolsa, lo cual crea miedo, miedo del que ellos se aprovechan. O sea que los especuladores crean miedo subiendo los CDF y este miedo hace que la renta variable sea inestable y baje de forma que sus posiciones bajistas en el activo que sea les permiten ganar mucho dinero. La única salida a este problema es política: prohibir vender acciones que no se tienen, siempre que la posición vendedora se arrastre más de un día. Si se quiere evitar un crac bolsista desde un punto de vista político se debe prohibir vender aquello que no se posee. El sistema necesita liquidez y necesita trading (comprar y vender varias veces en un día), pero no debe sostenerse una posición bajista más de unas horas. ¿Quién podría oponerse a ello? Los grandes especuladores, muchos de los cuales quisieran que la economía fuera fatal para sacarle provecho gracias a estas posiciones bajistas. (de La solución. El método Ajram)

miércoles, 29 de enero de 2014

Somos demasiados

Se habla poco de demografía, aunque va a ser un factor clave que marcará la economía y la sociedad futuras. En el siglo XX la población mundial era de 6 070 millones, y se estima que el año 2050 será de 9 300 millones, el 77% de los cuales vivirán en Asia y África. En la UE lo hará solo el 7%. Recordemos que para estabilizar la población cada mujer europea debería tener 2,1 hijos y que a día de hoy tiene 1,6. Naciones Unidas prevé que el aumento de población se estabilizará en torno a los dos hijos por mujer. ¿Y eso qué importancia tiene? Pues que una elevada natalidad no favorece la calidad de la sanidad básica ni de la educación primaria y hace disminuir la renta per cápita. Por otra parte en 2050 los mayores de 60 años representarán el 22% del total de habitantes del mundo; en los países avanzados serán el tercio del total. El envejecimiento poblacional tendrá muchas consecuencias. Habrá menos personas trabajando para financiar las pensiones del resto. Quedarán afectados el consumo, el ahorro, el mercado laboral, el sistema sanitario, la atención a los ancianos, la familia y las migraciones. Una sociedad envejecida será políticamente más conservadora. El exceso de población supondrá más presión sobre la agricultura, mientras que el agua se hará más escasa, igual que las energías fósiles, los recursos y también el espacio físico. Todo eso implica más sobreexplotación de la Tierra y más contaminación. Dicho de otra manera: si todos los habitantes del mundo son iguales y tienen los mismos derechos, el planeta no podrá sustentar tanta gente en este nivel tan alto. (de “Un futuro incerto”, de Francesc Raventós)

miércoles, 22 de enero de 2014

Libros que dejan huella

Todos los lectores podríamos hacer un listado de libros que, por motivos diferentes, conservamos en nuestra memoria. Todos ellos, a través de la historia o del protagonista, nos enseñan cosas de la vida. Algunos han caído en nuestras manos recomendados y otros por casualidad o en un momento crucial. Todos forman parte de nosotros. Los que quisiera destacar son las de mi etapa de adolescente. Debo a Dumas momentos inolvidables de aventura con Los tres mosqueteros, mientras que dejaba impresionar por la mala Milady y su flor de lis tatuada. El suspense de aquellos Diez negritos que iban desapareciendo misteriosamente en la obra reina de Agatha Christie me produjo alguna que otra pesadilla y un conjunto de emociones desconocidas. Pero la obra que más me impactó en aquella época fue Lo que el viento se llevó. Yo era entonces una niña retraída e insegura que admiraba la voluntariosa Scarlett O’Hara y quería ser guapa como ella, decidida como ella y tener un novio clavado a Rett Butler. Más adelante llegaron obras diferentes. La dureza de Germinal de mi venerado Émile Zola me rompía el corazón tanto como La plaza del Diamante, de Mercè Rodoreda. Durante mi adolescencia tardía conservé mi preferencia por hombres que me parecían muy masculinos por su valentía y orgullo y que Corneille supo retratar con maestría en Le Cid, obra que leíamos en clase en el Lycée Français y de la que me sabía escenas enteras de memoria. Una amiga me regaló en un momento crucial un Herman Hesse, Demian, libro que todavía abro en épocas oscuras y que siempre me reconforta. Recuerdo que en los setenta José Luís de Vilallonga estaba prohibido por el franquismo; comprábamos sus obras en Francia y las pasábamos escondidas por la frontera. Aún releo a veces una de ellas. Se llama L’homme de sang i narra la vuelta a España de un exiliado andaluz de la guerra civil, un personaje con mucha miga y una historia espléndidamente narrada. Podría citar más libros, como Gigi, de Colette, o 1984, de Orwell. Pero solo destacaré uno, que seguro que nadie conoce: Escuela del amor y del matrimonio. Lo leía a escondidas. Y es que hace más de cuarenta años no se hablaba abiertamente de sexo como ahora y si uno quería informarse, debía espabilarse solo. ¡Oh, libros! Libros para disfrutar, libros para aprender..., pero como dijo la agente literaria Carmen Balcells, está muy bien vivir otras vidas y conocer otros mundos a través de los libros, pero es mucho mejor que vivamos nuestras propias experiencias.

jueves, 16 de enero de 2014

Francia subvenciona las librerías

La ministra de cultura francesa se dispone a tomar “serias medidas” para paliar la pérdida de 10 000 puestos de trabajo y el 8% de caída de facturación del sector del libro. En la radio añadió: “Todo el mundo está harto de Amazon, que rebaja el precio de los libros, fijo por ley, y que ni siquiera cobra para enviarlos”. He aquí la cuestión. Dicen las malas lenguas que las compañías como Amazon, Google o Apple evaden impuestos, hecho no demostrado que, de ser cierto, tiene fácil solución. Los políticos sueltan frases del estilo “Queremos proteger la cultura” o “Todo el mundo tiene derecho a la cultura”. ¿Lo piensan de verdad? Porque portales como Amazon garantizan un acceso a la cultura abierto a todos, con un catálogo muy extenso en distintos idiomas; es una librería que nunca cierra y a la cual no hay ni que desplazarse. ¿Qué ofrecen, a cambio, las librerías? Una hermosa exposición de libros, muy agradable a la vista y al tacto, eso sí, con presentaciones de novelas y firmas ocasionales de autores. ¿Y qué más? Cuando se habla de proteger las librerías con dinero público, ¿es la cultura la que se protege o solo los privilegios de un sector desfasado? Francia no debe subvencionar las librerías. El dinero caído del cielo de manera regular no estimula la creatividad ni los nuevos proyectos, más bien incita a la inmovilidad cerebral. En algún momento se acabaron las máquinas de escribir y la gente compró ordenadores. Lo llamamos progreso. La característica más estable del mundo es que cambia constantemente. No debemos esconder la cabeza bajo el ala y aferrarnos a un pasado que va contra corriente. La digitalización en todos los ámbitos es nuestro presente. No sabemos lo que nos depara el futuro, pero seguro que estará lleno de cosas nuevas a las que también deberemos adaptarnos.

miércoles, 8 de enero de 2014

2014. ¿Un año verde?

En 2014 tendrán que llegarnos muchos cambios si queremos mantener el actual bienestar, aunque no va a ser posible recuperar el de finales del siglo pasado. Uno de ellos será sin duda el energético. Intentaré describir en pocas palabras la dramática situación actual: descontrol, procesos de extracción complejos, importante especulación, precios disparados (crecen un 8% anual y van al alza), grandes intereses económicos sobre los recursos fósiles por parte de los oligopolios, empobrecimiento de amplias zonas del planeta y abismo creciente entre ricos y pobres. Existen, además, unos conceptos que los gobiernos y nosotros deberíamos tener en cuenta: en 2060 se habrán agotado el petróleo, el gas natural, el carbón y el uranio; la generación de electricidad tiene hoy una eficacia de sólo un 33%; la energía atómica es muy cara de producir (se aprovecha menos de una cuarta parte, el precio de la seguridad de las centrales está por las nubes y cuestan de gestionar unos residuos que no se eliminarán hasta pasados 100 000 años). ¿Qué hacer? Renovables es la respuesta. Ramon Sans Rovira nos lo explica en su libro "El colapso es evitable. La transición energética del siglo XXI"
(TE21), Octaedro, diciembre 2013, que ha copublicado con Elisa Pulla. Eólicas, hidráulicas y fotovoltaicas generan electricidad directamente, son limpias y rentables. Este ingeniero industrial enamorado de la naturaleza ha calculado las necesidades de Europa haciendo un estudio comparativo de las potencias necesarias y combinando las renovables en cada zona para facilitarnos una vida cómoda. Ha tenido en cuenta la variabilidad de estas energías, la superficie a ocupar, la forma de almacenamiento para un uso posterior a corto y largo plazo, el coste y la rentabilidad. Todo esto y mucho más en la TE21, un proyecto energético sólido a aplicar entre 2015 i el 2050. ¡Empecemos el 2014 pensando en verde!