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jueves, 3 de abril de 2014

¿Adónde vas, Sudáfrica?

En ni viaje a diferentes ciudades sudafricanas el apartheid i Mandela se impusieron a cualquier otra visita turística. ¿Pero el apartheid no se había terminado definitivamente en 1991? Sí, pero no en la memoria, no en las secuelas. Aquellos 43 dolorosos años se reencuentran en cualquier rincón del país y eso cuesta de digerir, a veces siglos.
      Entender Sudáfrica no es fácil. La humanidad nació en África y, de alguna manera, todos conservamos alguna cosa de aquellos ancestros. La zona de la que hablo estaba poblada por cazadores-recolectores. En el siglo XV pasaron los portugueses y en el XVII se quedaron los holandeses. Los primeros esclavos eran emigrantes de Malasia. Los zulúes y los chosa lucharon reiteradamente contra los nuevos colonos, pero fueron los ingleses quienes se impusieron durante 155 años. Mientras, los granjeros holandeses (boers) se habían instalado, batallando con los ingleses y con el rey zulú Shaka. Durante el siglo XIX se encontraron diamantes y después, oro en abundancia. Esa fiebre creció a la par que las desigualdades raciales. Para mejorar las condiciones de los negros nació la ANC, el partido de Mandela, quien fue condenado a cadena perpetua de la cual cumplió “sólo” 27 años, porque el presidente De Klerck, elegido por los blancos en 1989, se dio cuenta de que Sudáfrica necesitaba una limpieza de cara, sobre todo a causa de las sanciones internacionales que afectaban la economía e incluso el deporte. ¿Lo han entendido? Pues es mil veces más complicado.    
     En Sudáfrica se visitan las cárceles donde sufrieron líderes de la talla de Mandela o Gandhi. Al primero se lo mezcló con asesinos blancos para que nadie le echara una mano y el segundo descubrió las ventajas de la Satyagraha, nombre indio para la resistencia no violenta. Me llevaron al museo del Distrito 6, un lugar de buena convivencia multicultural hasta que el apartheid, deseoso de dividir a la gente en razas y etnias, lo destruyó para enviar a los negros a Langa, un distrito segregado, con viviendas miserables sin luz ni agua, donde aún es mejor no perderse. En Soweto, otro distrito segregado en sus inicios, el museo Pieterson recuerda a los estudiantes asesinados por manifestarse en contra de la imposición del afrikâans (lengua de los boers) en las escuelas negras (1976, 700 muertos).
      En una Sudáfrica post apartheid i post Mandela, que tiene tan presente su pasado injusto, uno se pregunta si podrá seguir siendo la S de los países BRICS. Salta a la vista que queda mucho por hacer. Su PIB superior al de toda el África subsahariana junta no da confianza cuando uno viaja con los ojos abiertos. Todavía se distingue entre blanco (afrikâaner, inglés, extranjero), negro (de las tribus), de color (descendiente de esclavos de Malasia o  mestizo) y asiático (indio, chino). Hay once lenguas oficiales en el país y cuatro en la televisión. Hay iglesias cristianas, mezquitas, sinagogas… y antiguas religiones tradicionales. No es fácil organizar esta torre de Babel.
      Hoy por hoy las elecciones están al caer. Algunos dicen que el ANC (partido de Mandela) está en crisis a causa de la corrupción de los cabecillas. Otros, que el presidente zulú malgasta el dinero público regalando palacios a sus cuatro esposas. Mientras, la miseria y el resentimiento incrementan la inseguridad (los agentes de vigilancia de metro y tren llevan chaleco antibalas y no se recomienda ir por la calle después de la puesta del sol). Hace falta un equilibrio social y que el país sepa aprovechar la riqueza de su diversidad. La solución, tal vez, sería la entrada en escena de un líder con las cualidades de Nelson Mandela para salvar Sudáfrica, construida con sangre, sudor y oro. Pero, como todo el mundo sabe, los Mesías no son fáciles de encontrar


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