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miércoles, 3 de julio de 2013

Ser aborígen en Australia

En Darwin (norte) ya me fijé en la población aborigen, que bebía cerveza en un parque bajo unos letreros de “Prohibido el alcohol”. Seguí fijándome en ellos durante mi trayecto al sur: negros, sucios y descalzos, y siempre desocupados, como en la película Los lunes al sol. Indagué entre los compañeros de viaje autóctonos. “No tienen remedio, son así”, respondieron encogiéndose de hombros. En todas partes me mostraron el arte rupestre de los nativos (rocky art), sus pinturas e instrumentos musicales y, tras una mirada superficial, podría dar la impresión de que eran un orgullo nacional. Llegamos a la Australia profunda del centro y al parque nacional Uluru. Vincent (foto), un guía aborigen descendiente de los Mala, nos explicó su cultura en aquel lugar sagrado donde los espíritus de las rocas guardan las historias de sus ancestros. Al final del recorrido se detuvo: “Nuestro pueblo está acabado. No nos dejan trabajar en un Mc Donalds ni en ninguna tienda de blancos. Se nos trata como escoria. Podemos votar, sí, pero no tenemos representación parlamentaria; como que somos pocos… Nos dan una paga mensual para taparnos la boca. Decid esto en casa, que se sepa”.
Me acordé de los maoríes de Nueva Zelanda. No son indigentes. Tienen trabajo y se les respeta más. Australia, con un PIB elevado y considerada “ejemplar” por muchos, se ha adueñado de la historia y cultura aborigen a cambio de un dinero que la hace sentir menos culpable, aunque fomenta la gandulería y el vicio de quienes cobran un sueldo caído del cielo. A lo largo y ancho de la historia los colonizados han sido derrotados, masacrados y aniquilados por sus colonizadores; antes o después. No se valoran las aportaciones de las minorías, consideradas gente de segunda. Eso sí, los colonizadores les extraen todo el jugo posible. ¡Faltaría más!